Periodistas venezolanos en la brecha: cómo cubrieron el terremoto y armaron redes de ayuda
Tras el sismo histórico, reporteros como Tony Frangie Mawad se convirtieron en puente entre damnificados y donantes en un Estado debilitado. Un caso que ilustra el rol de los periodistas en emergencias cuando las instituciones fallan.
El terremoto que sacudió Venezuela dejó al descubierto no solo fallas geológicas, sino también las grietas profundas de un Estado con capacidades mermadas. En ese vacío, varios periodistas locales asumieron un rol que va más allá de la crónica: conectaron a quienes perdieron todo con quienes podían ayudar.
Tony Frangie Mawad fue uno de los más visibles. Desde las primeras horas, usó sus redes y contactos para mapear necesidades concretas —alimentos, agua, medicinas, generadores— y derivarlas hacia organizaciones, empresas y particulares dispuestos a colaborar. No se trató de una acción aislada: decenas de colegas replicaron la lógica en sus coberturas locales.
Este tipo de periodismo de servicio en emergencias no es nuevo, pero adquiere otra dimensión en contextos de instituciones debilitadas. Cuando los mecanismos oficiales de respuesta son lentos o inexistentes, el reportero que conoce el terreno, tiene fuentes y sabe comunicarse se transforma en nodo de una red improvisada de ayuda humanitaria.
Frangie Mawad y sus colegas enfrentaron dilemas éticos típicos: ¿hasta dónde involucrarse sin perder independencia? ¿Cómo verificar la veracidad de las necesidades reportadas sin caer en la desinformación? La respuesta que dieron en la práctica fue priorizar la transparencia: publicaban las listas de damnificados con nombre, ubicación y requerimiento específico, y luego informaban qué donaciones habían llegado y a dónde.
La cobertura también reveló las limitaciones estructurales del oficio en Venezuela. Muchos periodistas trabajaron sin seguro, con equipos propios y escaso apoyo de sus medios. Algunos pagaron de su bolsillo traslados o combustible para llegar a zonas aisladas. La precariedad, ya crónica, se agravó en la emergencia.
Desde el punto de vista técnico, la experiencia deja lecciones claras. Primero, la importancia de mantener actualizadas bases de contactos de organizaciones de la sociedad civil, iglesias, cooperativas y empresas con capacidad logística. Segundo, el valor de las herramientas digitales sencillas: Google Sheets compartidos, grupos de WhatsApp temáticos y mapas colaborativos permitieron coordinar esfuerzos en tiempo real.
Tercero, la necesidad de separar claramente la labor informativa de la facilitación de ayuda. Los periodistas que lo hicieron bien usaron sus plataformas para visibilizar, pero derivaron la ejecución logística a terceros con mayor capacidad operativa. Esa distinción evitó confusiones sobre el rol de cada actor.
El caso también invita a reflexionar sobre la relación entre medios y audiencias en situaciones de crisis. Cuando la gente percibe que el periodista no solo informa sino que ayuda a resolver problemas concretos, la confianza en esa fuente crece. Pero ese vínculo exige mayor rigor: un error en la información de una necesidad puede derivar en que la ayuda no llegue a quien realmente la requiere.
En un país con infraestructura debilitada y respuesta estatal limitada, el rol de los periodistas como “conectores” se volvió casi estructural. No reemplaza al Estado, claro, pero en la práctica llenó vacíos críticos durante las primeras 72 horas, cuando la velocidad salva vidas.
La experiencia de Frangie Mawad y sus colegas debería formar parte de los talleres de periodismo de crisis en la región. No porque sea deseable que los reporteros terminen haciendo tareas que corresponden a otros poderes, sino porque en contextos de Estado hueco esa función de enlace se vuelve una extensión inevitable del oficio.
El desafío futuro es institucionalizar aprendizajes sin romantizar la precariedad. Diseñar protocolos claros, capacitar en logística básica de emergencias y fortalecer redes previas de colaboración son pasos concretos que pueden tomar tanto medios como gremios periodísticos.
Mientras tanto, en cada nueva emergencia —natural o provocada— los periodistas venezolanos seguirán haciendo lo que han hecho durante años: contar la realidad y, cuando es necesario, ayudar a cambiarla.